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I sing myself… Waiting for you

Devil Doll

 

Recuerdo algunas escenas de una película sobre un ventrílocuo que vi cuando era muy pequeña. Las imágenes eran en blanco y negro, y el argumento trataba sobre un dummy que iba matando a varios artistas de un espectáculo teatral hasta que al final se descubría que un enano habitaba dentro del muñeco. Aquellas escenas se quedaron grabadas a fuego en mi memoria infantil y varias veces he intentado recordar más datos de aquella película, pero me es imposible.

Desde entonces, me dedico a visionar todas aquellas películas que traten sobre ventriloquia o enanos, convirtiéndose estos conceptos en una verdadera obsesión para mí. Me gustaría revivir aquel film para traer la sensación del terror pasado al futuro, pero hasta ahora todos mis intentos han sido infructuosos. Así que ya saben, ando a la caza y captura de película con muñeco ventrílocuo sumado a enano asesino.

Mientras tanto, ésta tampoco está nada mal:

Unicorn Kill

Decía Charles Baudelaire sobre la idea de belleza:

He encontrado la definición de lo Bello, de lo para mí Bello. Es algo ardiente y triste, una cosa un poco vaga, que abre paso a la conjetura. (…) Yo no pretendo que la alegría ni pueda asociarse con la Belleza, pero digo que la Alegría es uno de sus adornos más vulgares, mientras que la Melancolía es, por así decirlo, su ilustre compañera, llegando hasta el extremo de no concebir (¿será mi cerebro un espejo embrujado?) un tipo de Belleza donde no haya Dolor.

Y en otra ocasión añadía a su definición.

Lo Bello es siempre raro. Yo no quiero decir que es voluntariamente, fríamente raro, pues en ese caso sería un monstruo salido de los rieles de la vida. Quiero decir que contiene siempre un poco de rareza, de rareza ingenua, no querida, inconsciente, y que es esta rareza la que lo hace particularmente bello.

En nuestra particular carrera dirigida a encontrar las fuentes de la Belleza, las definiciones del poeta son como una bocanada de agua fresca ofrecida por una mano amiga. Sí, la belleza para mí también está en lo raro, en la extrañeza. A veces en una situación en la que el caos impere como norma, en una anormalidad absoluta que ponga en peligro la lógica del individuo. En otras ocasiones, lo raro se presenta en pequeñas dosis, en la medida adecuada que nos trae el fantasma a la cotidianidad y nos lo hace presente a través de una brecha, de nuevo, en la lógica.

El segundo método me trae a la mente algunas escenas de films de David Lynch, él es un maestro en introducir lo Bello raro en lo habitual, en obligarnos a engullirlo a cucharadas, sin tapujos y sin transiciones. Ahí tenemos una oreja en un pasto, o un pájaro autómata en una ventana, por citar sólo dos ejemplos. Pero Lynch hace visibles sus trucos. Otros cineastas más crueles nos dan a probar su poción más sutilmente, dosifican la droga de tal forma que la película se transforma así en un ejercicio de hipnosis, en una obra maestra, en lo Sublime.

Ahí tienen por ejemplo Dressed to Kill, perfecta, extraordinaria en su rareza:

Lucifer Rising

La obra fílmica de Kenneth Anger es para Aura una fuente inagotable de aprendizaje, aunque no considerándola como pura creación cinematográfica sino como arte y vida  hechos un mismo cuerpo y erupcionados a través de la pantalla. No podemos hablar o discutir sobre el cine de Kenneth Anger, solamente vivirlo, dejarnos hipnotizar por su ritual metafísico. Sentir su violencia y su poder de control. La experiencia se puede describir como un sueño vivo en el que el espectador se hace “ser humano” y renace, recuperando capacidades perdidas, aletargadas. Anger nos hace su magia.

Hace algunos días que le doy vueltas a unas frases de Antonin Artaud, quien debe ser uno de los escritores más citados y menos leídos de la historia – a sus obras publicadas en nuestra lengua me remito-. El fragmento en cuestión trata del sentimiento del hombre fuera de sí mismo, sin sitio, y explica la siguiente historia:

es la de este cuerpo

que perseguía (y no seguía) al mío,

y que al pasar y nacer antes

se proyectó a través del mío

y nació

reventando mi cuerpo,

y este Demiurgo

nada encontró mejor

para ser

que nacer a costa de

mi asesinato.

Y también nos dice:

Hay en la base de todo cuerpo viviente una sima-abismo, un ángel que poco a poco le llena las cuevas de la eternidad y trata, por sumersión, de ocupar su puesto en él.

Anger salva a Artaud, y nos salva con él, ofreciéndonos las llaves del hombre.

No creo en las obras maestras. Ni en las películas de serie B o Z. Creo en el cine. El cine como tal, pero sobre todo como dispositivo que “esculpe en el tiempo” como definía Tarkovsky. Con esto no me intento declarar fan absoluta del director soviético, pero sí encuentro que su descripción es muy acorde con mi propio pensamiento (siempre fluctuante). El cine es un registrador de las ondulaciones del tiempo, y como instrumento tramposo que es, uno de los medios más adecuados para hacer magia.

Cualquier película posee la cualidad de varita mágica, no importa su presupuesto, ni el medio en el que vaya a ser expuesta, ni siquiera su temática, porque es modificable a través del visionado. Le Sorelle, es un -podríamos decir- drama psicológico, pero según para qué ojos, bien podría transformarse en un giallo, o en cualquier otro género. Las películas sirven como aventura sensorial, y la cinta más anodina puede incluir sus dos o tres minutos de gloria. Pequeños fragmentos de magia que gusto de coleccionar, en un escaparate de lo sublime poético a través la ficción cinematográfica. Siendo todo esto totalmente subjetivo, claro, pero siempre les dejo mirar a través de mis ojos:

 

Algernon Charles

Aquí en la imagen de arriba pueden admirar a un jovencísimo Swinburne a la edad de 23 años, en un esbozo de Rossetti. Mientras me complazco en las líneas del retrato, reviso las páginas de uno de mis libros de cabecera, que arrojo como recomendación a quien tenga oídos y ojos, la magna La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica que tiene la gracia de glosar al poeta inglés, hoy en día injustamente olvidado, a trazos de biografía. Mario Praz delinea al hombre antes que al escritor y aunque a ratos aburre tanta alusión a la algofilia y al vicio inglés para explicar la obra, es estimulante toparse con un libro de critica que no acabe resultando un tocho insulso de puro análisis literario.

Dejando a un lado el estudio de Praz, encontrar referencias de cierto interés a la obra de Swinburne es muy difícil, y no digamos ya en internet, donde un artículo se copia de otro artículo que se copia de otro artículo, para así aumentar el círculo interminable de reseñas sin alma. Las librerías y editoriales de estos confines también se olvidan del lírico victoriano, por lo que tengo que recurrir siempre a las ediciones que poseo en inglés y entrenar mi lectura en lengua inglesa para poder disfrutar de uno de mis poetas favoritos. C’est triste.

Como casi todas las opiniones se dedican a extender, Swinburne era un sádico, y su obra es el producto de su fijación masoquista. Así sea, pero aquí no centraremos la lupa en sus vicios o virtudes, sino en su contribución poética a la figura de la mujer fatal, de la donna dannata belle dame sans merci, a los rastros de sus amores violentos y tumultuosos, a su sexualidad torturada y a sus versos musicales, henchidos de delizadeza y furia como un estertor wagneriano.

Mi querido, mi bien amado Swinburne nos arropa hoy con sus visiones:

Querría que te matase mi amor: / Estoy hastiada de verte vivir / y muerta te querría… / Querría hallar dolorosos modos / de matarte, ignorados y tormentosos; / con agonías de amor, sobre los labios / sacudir tu vida, para dejarla / sufriendo allí, doblegarte el alma / con tormentos demasiado lentos para matar, / entre treguas intolerables y ásperos dolores / como un respiro que se trunque en medio / de un aullido y un gemido de muerte./…

¡Ah, si pudiese beberme tus venas / como vino y alimentarme de tu seno / como de miel, y que de la cabeza a los pies / todo tu cuerpo se consumiera, / y tu carne se sepultara en la mía! /…

¡Ah, si pudiese quitarte la vida / sólo a fuerza de amor, y luego morir / de tu tormento y de mi júbilo, / inmerso en tu sangre y en ti confundida! /¡Querría atormentarte más allá de toda medida! / ¡Hacerte mal querría, perfectamente, / recolmando tus sentidos de tortura, / haciendo chispear tus ojos / con lágrimas sanguíneas y áspera luz! / ¡Quisiera obtener tormento de tormento / como nota de nota y quisiera captar / la música escondida del sollozo / en tu garganta, tus cuerdas vivas / tomando, y luego con ellas un instrumento / nuevo haciendo, que no falla, lira / experta de múltiples agonías!

Anactoria,  Algernon Charles Swinburne

La Empusa

 

Apolonio desenmascara a la empusa de Corinto

…Uno de ellos era Menipo de Licia, de veinticinco años de edad, bastante dotado de inteligencia y bien proporcionado de cuerpo, pues parecía un atleta hermoso y de noble estirpe en su porte. La gente pensaba que a Menipo lo amaba una mujer extranjera. La mujer parecía hermosa y bastante elegante. Afirmaba que era rica, pero al parecer no era sencillamente nada de eso, sino sólo lo parecía. Pues una vez que caminaba él solo por el camino de Cencreas, se le presentó una aparición y se convirtió en mujer. Lo tomó de la mano, asegurándole que lo amaba hacía tiempo; que era fenicia y vivía en un arrabal de Corinto. Dándole el nombre del arrabal añadió:

-Si vas a la tarde, habrá para ti una canción, pues yo te cantaré, y vino como nunca lo bebiste. Además, no te molestará ningún competidor; sino que yo, hermosa, viviré con un hombre hermoso.

Seducido por esto, el joven, que para la filosofía en general poseía gran vigor, pero de lo amoroso era un esclavo, la visitó por la tarde, y la frecuentó en adelante como a su amiga, sin reconocer al fantasma.

Pero Apolonio, mirando a Menipo al modo de un escultor, delineó al joven y lo escrutó, así que, llegando a una conclusión negativa, dijo:

-Tú, hermoso sin duda, y objeto de acecho de las mujeres hermosas, acaricias una serpiente, y una serpiente, a ti -y, ante la sorpresa de Menipo, añadió-. Porque tu mujer no es una esposa. ¿Qué? ¿Piensas que eres amado por ella?

-Sí, por Zeus -contestó-, puesto que se comporta conmigo como quien ama.

-¿Y te casarías con ella? -añadió.

-Efectivamente, sería grato casarse con la que nos ama.

Así pues, preguntó:

-¿Y las bodas, cuándo?

-Prontas -contestó-, quizá mañana.

Así que Apolonio, acechando el momento del banquete y presentándose a los comensales recién llegados, les dijo:

-¿Dónde está esa elegante dama por la que habéis venido?

-Allí -dijo Menipo, y al tiempo se levantó, ruborizado.

-¿Y la plata, el oro y lo demás con lo que está adornada la sala de banquetes, de quién de vosotros es?

-De mi mujer, pues esto es todo lo mío -contestó, señalando su manto de filósofo.

Apolonio dijo:

-¿Conocéis los jardines de Tántalo, que son, pero no son?

-Solo por Homero -contestaron-, ya que no hemos bajado al Hades.

-Pensad eso de esta ornamentación. Pues no es materia, sino apariencia de materia. Y para que sepáis lo que quiero decir, la buena novia es una de las empusas, a las que la gente considera lamias o mormolicias. Esas pueden amar, y aman los placeres sexuales, pero sobre todo la carne humana, y seducen con los placeres sexuales a quienes desean devorar.

Y ella dijo:

-Deja de decir cosas de mal agüero y márchate! -y daba la impresión de estar irritada por lo que oía. De algún modo se burlaba de los filósofos, de que charlataneaban continuamente.

No obstante, cuando las copas de oro y lo que parecía plata demostraron ser cosas vanas y volaron todas de sus ojos, y los escanciadores, cocineros, y toda la servidumbre de este jaez se esfumaron al ser refutados por Apolonio, la aparición pareció echarse a llorar y pedía que no se la torturara ni se la forzara a reconocer lo que era. Al insistir Apolonio y no dejarla escapar, reconoció que era una empusa y que cebaba de placeres a Menipo con vistas a devorar su cuerpo, pues acostumbraba a comer cuerpos hermosos y jóvenes porque la sangre de éstos era pura.

Vida de Apolonio de Tiana, Filóstrato.

The Witches

Decía el señor Manson en una entrevista con Chad Hensley (Marilyn, no Charles) que algunas películas o historias infantiles, como Willy Wonka & the Chocolate Factory o Chitty Chitty Bang Bang le fascinaban, debido a su interpretación desde un punto de vista adulto y por el impacto que podrían tener en la mente infantil. A los motivos en mi caso no les otorgo demasiada importancia, pero lo cierto es que comparto con el cantante su fascinación hacia estos films en concreto y hacia muchas otras obras “para niños”. Incluyo Disney en mis predilecciones. Sé que las películas de la factoría no gozan hoy en día de gran favor, por motivos educacionales, pero las razones ideológicas no alteran mi apreciación sobre la obra de arte. Influencias del esteticismo, supongo. De hecho si me dieran a escoger entre eliminar de la historia del cine a la Nouvelle Vague o a las películas de animación de la Disney, me quedaría con estas últimas sin dudarlo. Suerte que no hay que escoger, en realidad, y que se trata de una elección imaginaria sin resultados físicos, si no ya me veo perseguida por una legión de cineastas zombis franceses intentando arrancarme los ojos.

Dejando de lado Disney, las dos películas que menciona Marilyn Manson tienen un nexo en común, que es Roald Dahl, un personaje inabarcable, cuya relación con la infancia y su creación consecuente es honesta. Es magnífica. Podría alabar a Dahl hasta el infinito, amo todas sus novelas infantiles, sus relatos, sus guiones para películas, incluso amo sus retratos fotográficos con sus perros. Dahl es un ser humano ejemplar dentro de mi particular universo.  Y la película de la que quería incluirles un fragmento está basada en uno de sus libros, aunque esta vez no sólo su personalidad es decisiva en The Witches. La conjunción de la titulada en España  La maldición de las Brujas incluye al cineasta Nicolas Roeg, las marionetas de Jim Henson, quien también produce la cinta, y a una bellísima Anjelica Huston quien está inigualable como bruja.

Como una buena película para niños The Witches provoca inquietud, miedo, tiene dosis de aventura y sentido del humor. Aquí les dejo mi fragmento favorito:

Don’t judge a book by its cover

Au contraire. No sé hacerlo de otro modo. En mi deambular por librerías de viejo o tiendas de discos polvorientas siempre busco “la señal”. La señal es esa portada que me agarra de las solapas y me rapta del mundo llevándome a su lado, a su discurso. La búsqueda es agotadora y uno puede gastar horas en encontrar la presa, pero el destino siempre reserva joyas arqueológicas para los buscadores incansables. Entiendo la fiebre del oro porque yo siento la fiebre del diletante, del coleccionista de objetos extraños.

Fíjense en la foto que ilustra la entrada. No poseo este disco, he encontrado la imagen navegando por la red, pero sin dudarlo lo compraría, o lo robaría. El misterio de Veronique, de esa imagen casi decimonónica en un diseño ochentero que evoca a un exostismo inclasificable, me cautiva. Los demás datos del LP: Alemania, 1982, Jazz-Rock también son halagüeños, pero es la mirada de Veronique la que se convierte en decisiva. En  mi película, sería la causante del crimen. El centro nervioso.

Los nombres de mujer son de por sí evocadores. Como en esos vinilos de easy listening en los que cada pieza es una musa distinta con nombres como Deborah, Lana o Rita. El arte de lo fantástico está por todas partes.

One day soon

Hoy me he sentado delante del portátil sin tener la menor idea de sobre qué escribir, lo cual es de lo más refrescante. Quizás el motivo por el que dejé de escribir en el anterior blog es porque había desaparecido esa frescura, estaba limitado a los gustos de Aura, y hubo un buen día en que me cansé de hablar de lo que me gusta, y no quiero darle esa importancia a mi manera de apreciar las cosas. Cualquier blog orbita alrededor del ego de quien lo escribe, y mi problema concreto es que me canso de ser yo misma, como dijo Dalí: “Me canso de ser Dalí”, así yo me hastié de ser Aura.

Escribir sobre uno mismo puede parecer una exaltación de la propia personalidad, pero creo que lo he dicho alguna vez, en mi caso se trata de un ejercicio de disección para averiguar qué ocurre con los fantasmas de mi mente. En mi cotidianidad lo ignoro, soy como uno de esos personajes hitchcockianos que necesitan marcas en la nieve, o listas en una cortina para recordar quienes son, así que supongo que el egocentrismo no es el motor de mi escritura, aunque algunos problemas de Narciso sí que arrastro. Por ejemplo, me complazco largamente en mis propias consideraciones aburriendo al aburrimiento, y no puedo dejar de hacerlo.

El verano pasado lo pasé leyendo únicamente a Henry James. Él me entendería, sí. Charlaríamos en los jardines de una de las casas de campo que aparecen en sus novelas, él hablaría de sí, yo hablaría de mí, y los dos tan contentos. O en realidad no, sería bien distinto, intercambiaríamos opiniones sobre nuestros mutuos conocidos y nos robaríamos ideas para posibles novelas. Qué hermosa es la existencia en las novelas de James. No hay un desgaste humano, ni un trabajo envilecedor, ni el prosaico absurdo del ciudadano. Los personajes de sus historias son una caterva de músicos, rentistas, viajeros del Grand Tour o nobles retirados, y sus narraciones, bucles y ditirambos sobre su razonar. Tal y como hago yo por aquí, ni más ni menos.

“I don’t want everyone to like me; I should think less of myself if some people did.”
― Henry James

If we took a holiday

Hace poco les arengaba acerca de mis no vacaciones y resulta que por culpa de mis pensamientos caprichosos hoy las letras me llevan a ellas. Es cierto que hace mucho tiempo que no disfruto de vacaciones, pero en mi niñez sí las había, eran obligatorias, casi de consideración divina por parte de mis progenitores y cumplirlas con todos los ritos era una obligación del buen padre. Una mezcla de nostalgia y de querer recuperar el pasado me lleva a ellas, así que, ¿por qué, no? viajemos a sus días.

Las fotografías son una pésima ayuda, no conozco ningún medio peor para recomponer un recuerdo, eso sucede porque las fotografías son por si mismas creadoras de historias, por lo que intentar recuperar el sabor del pasado a través de su mediación produce resultados fraudulentos. No sirve de mucho pues recrearse en las fotografías del verano pasado. Hay una únicamente que me transmite sentimientos agridulces: dice al pie “Fotos MANY – Serrano, 45 (Colonia Madrid) – BENIDORM”. Es una imagen tomada en el paseo marítimo de Calpe, de noche, por uno de esos fotógrafos que apelaba al sentimentalismo de las familias para vender fotos hechas al instante, y además iba bien provisto, considero, por los detalles que surgen a continuación: mi hermana mayor posa con vestido amarillo de volantes sosteniendo un chimpancé vestido de marinerito y mi segunda hermana posa con una cría de leopardo en los brazos, cinta trenzada en la frente y media sonrisa. Una fotografía impensable hoy en día, ¿de donde sacaría el fotógrafo estos animales? Me resulta difícil entender el concepto de esa foto familiar con abuelos paternos incluidos, los animalitos, el trasfondo nocturno y una niña de unos ¿6 años? Esa soy yo, delante de mi padre, mostrando cara de aburrimiento y vistiendo una camiseta blanca con una fresa estampada que sostiene un balón de fútbol.

Todos estos detalles hacen de esa fotografía una de mis predilectas, aunque como decía en un principio, no traen el tiempo de aquel momento de vuelta, ni su olor, ni su sonido, no hay nada de lo que debería. Únicamente aporta confusión a mi difícil memoria, por lo que el ejercicio no sirve y se convierte en un escrito descriptivo de una fotografía familiar, sin demasiado valor, otro inicio de historia de los que me gustan. Mientras pienso en posibles artefactos para recuperar aquellos días, les concluyo con lo siguiente: estoy segura, es una fresa, no Naranjito.

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